jueves, 2 de diciembre de 2021
Mientras pienso en nosotros
miércoles, 3 de noviembre de 2021
Un cuento de cuentas que no se cuenta
23, 24, 25, 26, 27, 28. ¡Claro, estaba segura! Siempre supe que 28 pasos son los que separan mi casa de la parada de autobuses.
El autobús de las 8:30 a.m. Una solitaria y fría parada. Bancas mojadas por la intensa lluvia; 3 mm3 más que ayer, según dijeron en los noticieros. ¢135 todos los días. Dentro de 2 semanas comenzará a funcionar el aumento que solicitaron los autobuseros, pues según declaró don Félix Ocampo, presidente de
Hoy antes de ducharse se decidió por hombres narizones de todas las edades. A la mitad del camino ya llevaba 17 ejemplares. A los 45 minutos oyó el grito “¡Parque de los Ángeles!”. Era la última parada. La tarea estaba hecha. Hoy fueron 32 ejemplares. Vaya que han ganado los narizones, frente a 22 mujeres con anillos en la mano izquierda y 30 muchachos sin afeitar. Sin embargo, hasta el momento nadie ha destronado a los 76 pelones fumadores.
Mientras llega el gerente debe esperar 35 minutos. Puntualmente, al transcurrir los 15 primeros, pasa el tipo mal oliente. Pensó que tal vez hoy traiga las orejas limpias pero de seguro es mucho para él; me lo imaginé, sucias un día más. A los tres minutos siguientes, doña Cata aparece con su chihuahua Alambre. Habrase visto semejante estupidez, 7 letras para formar un nombre del cual el animal no tiene ningún rasgo. Estaba más gordo que la señora de enfrente, sí, sí... Virginia, la gordis, como todos la llamamos,
-Muy buen día querido equipo de trabajo.
Querido... no querés ni a tu mama.
-Hoy tenemos que comenzar con un pedido de 37.500 unidades para
A cuántos más les dirás así y por detrás te los jartás vivos, viejo imbécil...
-¡Qué tal don Félix! Buen día para usted también. Viejo imbécil.
Siempre se ha encargado de la tinta; de velar porque esté en óptimas condiciones para no sufrir la devolución por mal estado del pedido. La mañana transcurre sin ningún problema. 1:50 p.m, su estómago no suena… grita, clama, por comida. Hoy apenas le dio tiempo de hacer arroz con dos huevos duros de ayer. Cuando abre su almuerzo imagina que es una hermosa chuleta de cerdo, es una hermosa chuleta de cerdo; así come más tranquila, con menos riesgo de que la ataque una indigestión. La hora de almuerzo finaliza a las 2:50 pm, y todos deben volver a sus labores.
Mientras coloca la tinta del lapicero 27.210 no soporta más su inquietud y se levanta de la silla. Anita, la morena que se sienta frente a ella, ha hecho mal la puntada de los estuches en 5 ocasiones; específicamente después de la 3 puntada, Anita. Te he estado viendo con el rabillo del ojo y veo como te saltas de la
A las 6:50 pm, suena el tan anhelado timbre de salida. Ella toma su bolso de cuero, aquel que me regaló Antonio, un antiguo novio que tuve mientras trabajaba en
Recordó que debía apresurarse, pues su autobús, el de las 7:00 pm, estaba por llegar. Cuando subió, el décimo primer asiento a la derecha, su lugar preferido, estaba ocupado. Una señorita, de las divas postizas, posaba su trasero de $25.000 en su lugar predilecto. Decidió entonces contar, de regreso a su casa, cuántas como esta niña falsa estarían sentadas en el espacio favorito de muchos otros. Tan sólo 7 fueron las desdichadas que robaron un asiento en el autobús, nadie ha podido superar a los pelones fumadores.
Cuando llegó a su casa, oprimió los dígitos de la alarma que acaba de instalar, pues -según le dijeron- los delincuentes han aumentado en su barrio y la otra noche su vecino de al lado fue atacado por cuatro jóvenes que intentaron matarlo por tan solo quitarle su celular... Mejor prevenir que lamentar. 2-5-8-1-9-8..., 2-5-8-1-9-8..., 2-5-8-1-9-8... Algo extraño pasa. No recuerdo el último dígito... 2-5-8-1-9-8......
-¡Número 6!, gritó la señorita de enfrente. ¡Pase la ficha número 6!..
A Pamela le molesta tanto que la interrumpan cuando escribe. Ya sospechaba que no podría terminar su historia en esa banca de la clínica. Debe cerrar su libreta por un momento mientras retira las pastillas para su mamá. Más tarde, sin píldoras ni bombas para el asma intentará descifrar cómo su personaje abrirá aquel portón.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Delinear conciencias
El bus lleva espacio y, como nunca, las ventanas abiertas. Estos son los momentos en los que uno agradece el chispazo que muchos tuvieron para hacer tal hazaña, porque no es cosa común este sentimiento colectivo de querer aire fresco. En poco tiempo me queda un lugar libre y me siento en la segunda fila con la felicidad de topar con una ventana.
Les decía que a veces nos alegra reconocer en los otros la iniciativa frente a ciertas situaciones.
A veces.
Tengo la suerte de topar a menudo con una clase de mujeres incapaces de despeinarse o desarreglarse en los viajes. La de hoy es épica, casi irreal. La protegen una vincha descomunal, casi un casco, sombras que no dejan ver sus ojos y tres capas de maquillaje que refuerza en cada parada que hace el bus. Intento saber cómo logra respirar. Además, y para mi rotunda desgracia, su verdadera salvación se resume en una ventana cerrada, sin ninguna posibilidad de dejar pasar aire al menos por un buen rato.
El espejo diminuto que lleva no la deja abarcar tanta piel ajena en cada brochazo que pasa por sus mejillas, entonces hace un particular baile moviendo su reflejo de un lado a otro, arriba y abajo, por el cuello, los ojos y los labios, que le regalan una sonrisa redentora que parece salvarla. Pero solo parece.
Toda esa habilidad para no abrir ventanas se fue a la forma en que se maquilla. Aun sin luz y en movimiento, usa lápiz delineador, rubor y máscara. Tan sugerente este último. Mi sorpresa fue cuando sacó un brillo que apretó por un costado y ¡voilà!... tres bombillos diminutos iluminaban aquella boca que no hablaba y le impedían salirse del borde natural de sus labios. Aquello fue de otro planeta.
El ritual hizo pausa hasta la última parada. Mientras tanto, yo seguía escurrida, abanicando lo que me quedó luego de un día tan caluroso como este. Creo que mañana va a ser igual, si no llueve; seguramente quede derretida, pero con la esperanza de que aún no se me corra la conciencia que me delineo todos los días.
sábado, 25 de octubre de 2014
Fabiola
Si le dicen que si quiere un confite responde que no porque se la roban. Lleva un pañito húmedo para el calor y no la dejan quitarse el abrigo, me dijo que la abuelita le pega (cómo, me pregunto yo, si va dormida y no se ha dado cuenta de que hablamos).
"¡Puchica!, que abran las ventanas... mucho calor".
-¿Hijas?
-Tampoco.
-Entonces vive sola.
Le recogen el pelo, le abrochan el abrigo y la alzan. Mientras van bajado las gradas con ella al hombro, me pega un grito:
martes, 22 de julio de 2014
Morir con estilo
Al final le dije al señor que no, que yo no era de la zona, pero él rápidamente me recordó lo de los traslados a nivel nacional, "llegamos donde necesite", me dijo. Por todo lado traté de zafarme, pero él insistía muchísimo (llegué a pensar que me quería muerta para poder usar uno de sus planes). Me dejó sus datos y una extraña hoja cuyo encabezado era "Celebramos 50 000 horas de servicio". ¡Quién diablos celebra con la muerte!
Aunque a veces vivir es complicado y tiene sus mates, ahora morirse es carísimo; bueno, si uno quiere morir con estilo.
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| La equilibrista Erika Kuhn |
martes, 3 de junio de 2014
VIP
-¿Aló?
-¿Usted es la filóloga?
-Sí.
-Ya le paso a mi jefe.
jueves, 12 de enero de 2012
Cofradía floral
jueves, 6 de octubre de 2011
Cenizienta
jueves, 30 de junio de 2011
El sombrero de nubes
viernes, 5 de noviembre de 2010
Ruthie
A Ruthie,Bueno, esta niña, apenas la vi supe no que tenía cara de algún nombre, sino que su nombre tenía cara de cuento: Ruthie. Conforme la fui conociendo, conforme fue descifrando su historia, supe que no me equivocaba.
Muchos detalles llamaron mi atención, pero uno que sin duda me cautivo fue saber que Ruthie tenía un espejo de color amarillo. Decía que ahí le brillaba el sol, aunque siempre estuviera de noche cuando lo veía. Era menuda, apenas y se deslizaba por las paredes, cuando se lograba esconder de su criada. No solía hacer ruido, porque su mamá, fallecida hacía ya cuatro años, le había dado unas zapatillas de tela… “Zapatos viejos”, como decía una canción que le gustaba escuchar... siempre pensó que hablaban de los sueños.
Y así, sigilosa y delicada, se metía entre los pasillos de la casa, dejando siempre unas florecitas amarillas en su camino. La criada se molestaba todos los días por andar barriendo esas flores; regañaba a la niña, pero ella nunca decía nada. Apenas escuchaba el regaño, volvía a ver su mano, con el espejo siempre. Ruthie decía que dejaba esas flores para que todos buscaran el rumbo hacia el espejo.
Una mañana amaneció con una lluvia insoportable y la niña no quiso levantarse de su cama. La criada estaba sorprendida, porque ese día no hubo ni pétalos ni nada. La niña en cama miraba hacia la ventana, hacia el techo... ni siquiera había probado su leche. Eso sí, desde que despertó se puso sus zapatillas... "Zapatos viejos, danzarines cometas del cielo... ¿qué nuevo paso darás? ¿Que acaso te detendrás?", decía la canción. Afuera llovía tanto que bien podría haber sido el mundo una pecera, con autos viejos en vez de peces, con humanos encerrados en burbujas.
Pasó el día con el asombro de la criada, quien nunca se asomó a ver que ocurría con la niña. En la noche, cuando ya fue momento extraño en que no hubiera ni una queja, ni una risa o un pestañeo, la criada subió. Al entrar al cuarto quedo perpleja, el destello que salió al abrir la puerta la hizo retroceder, tocar sus ojos ante el miedo de estar ciega; tanta luz no la dejaba encontrar a la niña.
Después de que se repuso de su impacto, alcanzó a ver que las paredes estaban llenas de flores, flores amarillas que cubrían las paredes, el techo, el suelo, la cama, la mesita de noche… al cuerpo mismo de la niña. Cuando intentó acercarse a su cuerpo, Ruthie parecía una margarita, con su rostro iluminado, amarillo, lleno de luz y un borde blanco rodeándolo.
Había muerto. La lluvia que caía afuera le había dejado en sequía el corazón.
Cuando la criada intentó tocarla, sintió un frío recorrer su mano: estaba herida, como cortada por un filoso objeto. Ruthie era un espejo; su vestido eran las flores en las paredes, en el techo. Cuando la criada quiso tomarla de nuevo, volvió a cortarse en su intento por hacerla despertar y Ruthie cayó al suelo. Su cuerpecito de flor se resquebrajó en miles de astillitas doradas y lo único que quedó intacto al caer fueron un par de zapatillos viejos, unos que nunca se cansarían de danzar.
No sé si les ha pasado. A veces cuando tomas una hoja de papel o un pétalo, según a como lo hagas, te roza y te cortas. No sé si el rayo dorado del sol les ha cortado la vista. Esta niña no tenía rostro con nombre: esta niña tenía nombre de cuento, tenía el filo necesario en sus ojos.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Ángel
Yo no conozco a Ángel. Según entiendo, tiene como 5 o 6 años y es muy bueno jugando ajedrez. Sus facciones, las manos, alguna sonrisa característica, un gesto de enojo o algo por el estilo son detalles que solo he podido imaginar con lo que me cuenta Pogua, su niñero, quien también le lee cuentos en las noches para que se vaya a dormir.
Si debo confesar que tan solo una vez lo vi pasar: yo volvía de casa de un amigo y había tomado un taxi. Ahí por la cuadra del Banco Nacional detallé primero a Joan (algo así se llama el novio de la madre de Ángel), luego a su madre y, haciendo un recorrido hacia abajo, queriendo encontrar su cuerpecito, a Ángel. Puedo jurar que tiene un cabello hermoso, como que le hace juego con ese dicho de “cabello de ángel”, que le he escuchado a mi mamá.
Y allí va, pequeñito, de tal vez unos 7 o 10 centímetros, cuando lo mido con mi ojo cerrado y mis dedos simulando una escala. Tiene un paso acelerado, pero creo que más bien la acelerada es su madre, porque Ángel debe ponerse a su ritmo. No me explico eso: él debe tener un paso, pero camina con los pies de su mamá.
Esa ha sido la única vez que lo he visto. Intento imaginármelo siempre, con los detalles de Pogua, como dije. Y es solo así, porque yo no lo conozco ni quiero conocerlo. Lo que pasa es que me da un poco de miedo que al mirarme la primera vez intente decir algo, pero solo voltee y no quiera hablar conmigo.
miércoles, 16 de junio de 2010
Realidad
Veía la pantalla de su computadora absorto, desubicado.
"Nadie se toma nunca la molestia de hablarte con la verdad, entendelo. No sé por qué seguías pensando que detrás de las sonrisas de unos pocos había un pedacito de corazón o un mínimo de sinceridad", le decía su diminuta conciecia, aquel lugarcito que reconocía aún le sobrevivía a la estupidez humana.
Se preguntaba por qué nunca nadie le dijo que allí estaba el cielo o el sol... las hojas, las calles. "Puta, me duele. Me duele que la gente me mire como idiota, como si no mereciera la explicación sobre las cosas. A fin de cuentas vos esperás que quienes te aprecian te digan la verdad, te hagan salir de un error", decía.
Desde pequeño estuvo de acuerdo con aquellos que creyeron en que al llegar al horizonte todos caían por la orilla, hacia un abismo inexplicable. Ahora se sentía como un bruto, como si se desengañara de la forma más cruel.
Solía mirar hacia adentro y, ajeno, había creído siempre que la vida era cuadrada.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Nuestro Bernardo

Dicen que las palabras que terminan en “o” son hondas. Si ves por ejemplo la palabra hueco…hueeecooooooo… esta se hunde; sucede lo mismo con hoyo y con fondo. Todas se nos alejan hacia abajo. Nuestro Bernardo es así, como eso tan difuso y a la vez tan lleno de vida. Es tan oscuro, otra palabra que termina con “o”, que se nos escapa de las manos, pero también tiene tanta luz para darnos que no sabemos qué pasa con él.
Creemos que es su voz, ronca y grande, la que nos permite tenerlo al lado y sentir como si nos apretujara con cada palabra, porque lleva tanta fuerza que todas queremos tenerlo al lado, todas queremos comérnoslo de un bocado. Creemos también que puede ser ese momento cuando nos envuelve en un abrazo, porque asfixia irremediablemente cualquier pena que tengamos, cualquier sinsabor que nos agobie. Porque ya todas lo sabemos: queremos que nos abrace o hemos llegado a decir que extrañamos verlo; sin embargo, puede que no sea eso, porque bien podríamos tener los ojos tapados y no percatarnos que está a nuestro lado, pero en un abrazo inconfundible hemos perdido noción de lo que pesa y aturde.
Cierto: hueco, fondo, abrazo, pozo, difuso, alto, lado, bocado… todas terminan en “o”… y lo más importante, hondo. Decía que es hondo, tanto que nos deja vacías, a la espera. Tan hondo, que llena.
martes, 12 de enero de 2010
Después de recordar a Diego

Para Gabito
por hacer que Alonso
recordara a Diego
-Me encuentro en un dilema: ahora mis pies están sucios y no tengo la pasión de Diego. Y lo peor, Gabito decidió imitarme.
-No es lo peor… es lo mejor. Gabito sabe cómo son las cosas y no te está imitando. Te está dando ánimos para que vos no te pongás más los zapatos.
-La gente nos ve raro, pero es cierto… me voy acostumbrando. Es más, tal vez lo disfruto, pero me preocupa que Gabito se vuelva planta. Lo veo demasiado cómodo.
-¿La gente? ¿Eso qué es? Ahí lo único real son ustedes dos. ¿Gente? Como te digo, él sabe lo que hace. Ellos siempre saben más que nosotros.
-Entonces ¿cómo lo asumo? Solo pienso en quehaceres, apariencias, responsabilidades y la deuda social en la que incurro. Si ellos no son reales, tampoco lo soy. Claro, él parece no darse por enterado.
-Ese tipo de gente es la que no importa. La que pasa y ve, se voltea y habla. Me refiero a la realidad que tienen justo ahora ustedes dos. Una que los demás no pueden comprender, a como habrá otros que sí. Gabito sí se da cuenta, pero solo quiere que vos actués como él, que parezca que no te das por enterado igual.
-Es tarde. No entiendo las cosas de esa manera.
jueves, 7 de enero de 2010
Diego

en unas cuantas hojas que salvó.Gracias
domingo, 3 de enero de 2010
Orugas
La oruga, sin resentimientos, se mostró tranquila y me invitó a caminar con ella un rato. Despacio, continuamos paseando. Ambas estábamos algo silencionas; yo intentaba tapar el sol con mi sombrilla de modo que ella también pudiera evitar los ardientes rayos.
Al pasar un tiempo, la oruga, en tono serio y pensativo, dijo:
-Sabes, estoy algo cansada de vivir arrugada, arrastrando mi cuerpo. Ya estoy algo vieja y creo que merezco descansar un poco.
Era cierto. Desde un principio noté que era ya uno oruga mayor. Supuse que estaba pasando uno de esos momentos en lo que hasta lo más mínimo se convierte en rutina y es necesario descansar o cambiar papeles para no llegar a una posición como esta que sufría mi compañera de viaje.
Yo permanecía en silencio.
-Sabes, siempre he querido alcanzar una hoja de roble, pero no lo he logrado aún.
Pensé que como todos, la oruga tenía un sueño, y como todos solemos hacerlo algunas veces, son estos los que dejamos de lado... creemos que por ser sueño no puede concretarse. Supe que, como todos, llega un momento en que se nos hace necesariamente obligatorio tratar de alcanzarlo.
Caminé aún en un silencio más profundo.
Pasado un gran trayecto, mi acompañante interrumpió su paso de acordeón, al mismo tiempo en que yo procuré datenerme para que el sol no la abrasara.
-Sabes, creo que debo regresar. No debí alejarme tanto.
Cordialmente, hizo una pequeña reverencia, ante lo cual solo pude repetir el gesto mientras con una pequeña sonrisa la miré alejarse.
Caminé en silencio largo tiempo. Cuando volví a casa, cerré mi sombrilla verde y al verla, arrugada y usada ya desde hace mucho, recordé a la oruga. Sus palabras fueron sabias... a lo mejor solo para mí.
De igual forma, pensé en que el sol estuvo algo insoportable y ella, arrugada y cansada, no está muy acostumbrada a él.
Yo aprendí a mirar bien donde pongo los pies. No sea que en una la haga descansar para siempre.
viernes, 4 de diciembre de 2009
El ascensor

Esperar frente a un ascensor. El viento es el más frio que puede correr en ese diciembre.
Una hora de ver abrirse y cerrarse una puerta.
"Baja. Deje la puerta libre, por favor. Primer piso"
Sus ojos ya simulan el ir y venir de la gente, los pisos que suben, las puertas.... el ir y venir de una ilusión.
Arriba
el viento pasa
debajo de tus pies
no te corta
o te seca la cara.
Abajo
es simplemente
un cuadro más
sin alas
y con la tierra
recordándote
donde estás.
Una hora de abrirse y cerrarse una puerta.
Es como un juego: abierta, se te sube el estómago a la boca; cerrada, bajan los párpados como buscando explicacion a ras del suelo.
Arriba
la boca tiene
otro sabor
similar al de
tiza de estrellas.
Abajo
es simplemente
una ausencia
de colores
y con el reloj
recordándote
que usó las escaleras.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Cierto Mario

Cierto que no pudo terminar de estudiar. Mario soñaba con llevar clases de pintura; a nadie le ha mostrado esa carpeta donde guarda unos cuantos bocetos. Yo los vi una vez que buscaba unas medias bajo la cama: ahi estaba, empolvada y sin mucho cuidado. Mario no sabe que lo sé.
Cierto también que cuando comenzó a fumar ya no pudo dejar de hacerlo. Primero me dijo que solo quería saber qué se sentía un poco de humo cavando trayecto hacia sus pulmones. Ahora puede fumarse dos o tres paquetes por día. Pero él sabe que yo no digo nada, que no opino, que solo no hablamos del tema.
Cierto que se siente un poco delgado. Dice puede ser porque tiene una grave gastritis que le impide comer bien, cualquier cosa, por mínima que sea, puede ocasionarle malestar y tirarlo en la cama por varios días. Por eso prefiere comer poco. He ahí la razón por la cual comienza a ser una pequeña línea vertical.
Cierto además que muchos lo ven pero lo dejan pasar. Yo lo conocí en un autobús, cuando me dirigía al trabajo. Mario llevaba a un pequeño en brazos y un gran bolso con pañales, biberones y ropa de niño. Todos tuvimos que ver con él porque Emanuel lloraba y lloraba. Las mujeres hacíamos caras de ternura ante aquel cuadro paternal; solemos derretirnos por completo al ver a un hombre con un pequeño. Los hombres, algunos, solo volteaban a ver y sonreían; otros, como siempre, lo dejaban pasar. Yo iba a su lado, así que me aproveche para entablar conversación.
Cierto. Cierto que hablamos y me contó lo de sus dibujos, donde poco después comprobé que existían. Cierto que sentí su olor a cigarrillo, ese que ya se desprende por los poros de sus brazos. También cierto que me comentó de sus malestares, justo ese día había tenido uno de los peores ataques. Cierto que no lo dejé pasar y ahí comprobé que cuando muchos lo regañaron por no terminar sus estudios, por tener un vicio o por alimentarse mal, nadie, por dejarlo pasar, sabe que él tienen suficientes razones para vivir.
domingo, 25 de octubre de 2009
¿Y todo eso en un autobús?

Sí. Cuando me preguntan que dónde paso la mayoría del tiempo, he de decir siempre que mi vida viaja en los asientos de atrás de un autobús.
Muchos se niegan a usarlos para evitar las presas, para conseguir llegar a tiempo, para tener un cómodo y placentero viaje o para solo guardar un poco más de privacidad. Sin embargo, puedo asegurar que todo eso también se logra en este singular medio de transporte.
Cuando no es que te enteras de que los novios ahora discuten por cómo se viste otra gente, te das cuenta de que al lado llevas a un gracioso imitador de Daddy Yankee, quien canta a capela y sin reservas una de sus piezas favoritas que guarda en un walkman de los viejos. Luego te fijas en que un niño llora o que una señora sube con las bolsas del mercado y se tambalea tanto por el movimiento del arranque que crees quedará hecha puré con verduras y frutas en el suelo.
Si te sientas al inicio, puedes conocer en detalle al chofer: cómo da el cambio del pasaje, si cuenta mucho las monedas, si irrespeta la ley usando su celular, si compresiona donde tú lo harías o si solo no acostumbra fijarse mucho en el retrovisor. En el medio del autobús conoces lo horrible que es ir apretujado, con traseros en tu cara o rodillas que chocan unas con otras. Es aburrido el centro. Atrás, la parte de atrás, tiene un toque interesantísimo: vez marcar una danza de cabezas: en las curvas todas se tambalean hacia la derecha... hacia la izquierda... y en un frenazo retumban y se descoordinan.
Descubres vendedores de postales de Hello Kitty, quienes solo piden sin decir nada o aquellos que a cambio de "Derroche", de Ana Belén, te pedirán una moneda. Están quienes se sostienen de las barras o maleteros y quienes olvidan cuadernos, bolsas o lo que sea en ellos.
Únicas son las personas que huyen de tocar tu mano o tu cabeza por equivocación o quienes se disculpan siempre al hacerlo.
Muchos detestean a los "majones en potencia" que van por el pasillo entero dejando pies aplastados. Quienes te empapan con sus sombrillas cuando llueve o los que buscan la ventana para abrirla de par en par y dejar por algún lado marañas de cabellos despeinados. Los que leen o los que miran y miran el reloj porque no tomaron el bus a la hora justa.
Los que ceden los asientos o aquellos que discuten cuando esto no sucede; los altos que pegan su cabeza en el techo o los bajitos, a quienes no les queda más remedio que salvar su equilibrio en los asientos.
Sí. Todo esto en un autobús. Y cuando te subes en ellos te conviertes en un más: uno que ronca, uno que hace malas caras, el que se tira un pedo o el primero en olerlo; el que toca el timbre a los demas o quién usa el campo de en medio; quien cabecea al dormirse o el que guarda espacios para alguien. Te conviertes en uno más, uno más que también es quien reconoce que esas monedas vale la pena sonarlas en la mano antes de que pase el bus.
martes, 29 de septiembre de 2009
EL jinete oscuro

Solían llamarlo el jinete oscuro por su porte taciturno, sus ropas negras y su paso marcado.
Nunca supo si le desagradaba aquel sobrenombre. Lo que sí sabía era que no tenía dinero para comprar otros vestidos, que su color preferido era el negro y que su pie izquierdo estaba incompleto, por lo que parecía que -en vez de caminar- montaba un caballo.





