jueves, 2 de diciembre de 2021

Mientras pienso en nosotros

Él cree que no me doy cuenta de nada, que no siento en las noches su deseo de escaparse despacio por la puerta de atrás mientras yo simplemente me quedo dormido. A veces, cuando no hay ruido en los pasillos, comienza a moverse sigiloso, con una astucia digna de un premio; se quita la sábana tan despacio que parece un soplo de aire de esos que pasan y apenas rozan la piel. Yo sigo haciendo el papel del que no se da cuenta, con los ojos entreabiertos y analizando cada movimiento. Cuando él logra bajarse de la cama, da pasos diminutos, uno por cada flor que hay en este mosaico antiguo. Va de pétalo en pétalo, de hoja en hoja, de fragua en fragua, y llega a la puerta. Él da vuelta al llavín y de lo menos esperado una pieza en el interior suena con un clic que se convierte en la señal para que yo, vencedor ante un posible escape, dé media vuelta y lo sorprenda. Él se queda quieto, con los ojos cerrados y arrugados ante lo que sabe puede ser fin. Mantiene la esperanza de que al mirarme yo estaré dormido y podrá continuar con su plan. Pero no. Se topa entonces con este par de ojos abiertos, diciéndole que lo he vencido, que una vez más sus intentos no han llegado a buen puerto. Él resopla, se da por atrapado y, cabizbajo, vuelve a la cama. Recuesta su cuerpo frente al mío, y cara a cara repasamos qué pudo haber fallado, qué si él es tan liviano como brisa y yo de sueño profundo, casi incapaz de sentirlo. Yo le digo que es casi imposible, que aunque le dejo abierta un posibilidad de lograrlo algún día, él no es capaz de salir victorioso. No lo entiende, analiza constantemente cada paso que dio y cree haberlo hecho bien, no encuentra error alguno. Y así, poco a poco, él se va quedando dormido, entre murmullos y proezas no cumplidas, entre el enojo de tener que soportarme un día más. Muy temprano, con la alarma diaria, yo abro los ojos un poco aburrido, perezoso y con ganas de seguir durmiendo. Él ya lleva, si acaso, unas dos horas despierto; creo que ha aprovechado el tiempo para modificar su ataque e intentar un nuevo escape esta noche. De reojo, observo que escribe en una libreta algunos trazos y en voz baja él masculla detalles que no comprendo. Yo miro al techo, aun sin ganas de poner un pie en el suelo, y no entiendo muy bien cuál es el afán de escapar. ¿Qué podría hacer él afuera, sin nadie a quien acudir, solo? Siempre he creído que yo soy una buena persona, un buen compañero para la vida, alguien en quien confiar, un verdadero amigo, al que puede recurrir cuando necesite… pero él no, no cede. Sé poco de su vida; hay días que deduzco algunas cosas por cómo habla o las historias que va contando. Él es gracioso, observador; cualquier cosa le hace pensar miles de historias y yo soy más de escucharlo, de tratar de entender qué hay detrás de un ser humano tan similar a mí, pero tan distinto también. Somos un buen complemento, de verdad no sé por qué quiere irse. Me interrumpe el sonido de la hoja que arruga mientras escribe; se frustra un poco y la manda de un solo golpe contra la pared. Yo me tapo la cara con la sábana, por debajo miro un poco para saber si se ha movido de la mesita, pero no, sigue ahí. Ahora él me mira fijo, como culpándome por ese destino de vivir encerrado, sin entender por qué no puede vencer mi hora de dormir y salir de una vez por todas. Con la cara cubierta, ahora yo pienso en si debo dejar que se vaya, si más bien está en mis manos darle esa libertad que parece necesitar y que busca cada vez que se asoma por la ventana. Sin embargo, mientras pienso en nosotros, caigo en razón de que, por más que quiera, ni él ni yo podremos escaparnos, es imposible. Ambos estamos aquí encerrados, casi atados, a la espera de una fila de pastillas con las que los demás creen que tal vez él o tal vez yo desaparezca.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Un cuento de cuentas que no se cuenta

23, 24, 25, 26, 27, 28. ¡Claro, estaba segura! Siempre supe que 28 pasos son los que separan mi casa de la parada de autobuses.

El autobús de las 8:30 a.m. Una solitaria y fría parada. Bancas mojadas por la intensa lluvia; 3 mm3 más que ayer, según dijeron en los noticieros. ¢135 todos los días. Dentro de 2 semanas comenzará a funcionar el aumento que solicitaron los autobuseros, pues según declaró don Félix Ocampo, presidente de la Asociación de Choferes (ACHO), el barril del crudo subió $3, por lo que no queda más remedio que molestar un poco el bolsillo del usuario. Sube al autobús y busca el décimo primer asiento a la derecha, mi lugar preferido. Este autobús no está tan cómodo como el de ayer, pero tiene grandes ventanas que, de seguro, me permitirán llevar las cuentas.

Hoy antes de ducharse se decidió por hombres narizones de todas las edades. A la mitad del camino ya llevaba 17 ejemplares. A los 45 minutos oyó el grito “¡Parque de los Ángeles!”. Era la última parada. La tarea estaba hecha. Hoy fueron 32 ejemplares. Vaya que han ganado los narizones, frente a 22 mujeres con anillos en la mano izquierda y 30 muchachos sin afeitar. Sin embargo, hasta el momento nadie ha destronado a los 76 pelones fumadores.

Mientras llega el gerente debe esperar 35 minutos. Puntualmente, al transcurrir los 15 primeros, pasa el tipo mal oliente. Pensó que tal vez hoy traiga las orejas limpias pero de seguro es mucho para él; me lo imaginé, sucias un día más. A los tres minutos siguientes, doña Cata aparece con su chihuahua Alambre. Habrase visto semejante estupidez, 7 letras para formar un nombre del cual el animal no tiene ningún rasgo. Estaba más gordo que la señora de enfrente, sí, sí... Virginia, la gordis, como todos la llamamos, 97 kilogramos de felicidad. A los siguientes 10 minutos, pasan las gemelas Peraza; una de ellas con su niño en brazos y la otra mirá como menea su gran trasero, como si en vez de caminar bailara. Junto a ellas, tratando de adelantar por la derecha sin tropezar con nadie va Raulito, guapo el muchacho, que siempre va 7 minutos antes de que llegue Juan Felipe Gómez Ramírez el gerente de la Fábrica Nacional de Lapiceros, mi jefe. Ya está, 9:50 a.m., hora de entrada.

-Muy buen día querido equipo de trabajo.

Querido... no querés ni a tu mama.

-Hoy tenemos que comenzar con un pedido de 37.500 unidades para la Sunshine Co. Recuerden que el logo de estos lapiceros debe ir en el centro, por disposición de la empresa. Además, recuerden que sí, sí, no llevan el decorado ordinario pues hemos decidido obsequiar un estilo diferente a tan prestigioso entidad. Así que no se diga más. ¡A trabajar amigos y amigas!

A cuántos más les dirás así y por detrás te los jartás vivos, viejo imbécil...

-¡Qué tal don Félix! Buen día para usted también. Viejo imbécil.

Siempre se ha encargado de la tinta; de velar porque esté en óptimas condiciones para no sufrir la devolución por mal estado del pedido. La mañana transcurre sin ningún problema. 1:50 p.m, su estómago no suena… grita, clama, por comida. Hoy apenas le dio tiempo de hacer arroz con dos huevos duros de ayer. Cuando abre su almuerzo imagina que es una hermosa chuleta de cerdo, es una hermosa chuleta de cerdo; así come más tranquila, con menos riesgo de que la ataque una indigestión. La hora de almuerzo finaliza a las 2:50 pm, y todos deben volver a sus labores.

Mientras coloca la tinta del lapicero 27.210 no soporta más su inquietud y se levanta de la silla. Anita, la morena que se sienta frente a ella, ha hecho mal la puntada de los estuches en 5 ocasiones; específicamente después de la 3 puntada, Anita. Te he estado viendo con el rabillo del ojo y veo como te saltas de la 3 a la 5, y olvidas hacer la 4. Anita se molesta un poco, pero cuando revisan los 5 estuches se dan cuenta de que están mal confeccionados. Varias veces, la morena se ha sentido incómoda con la presencia de aquella espía que tiene en frente. Sí, así es; cree que es una espía que no la deja trabajar en paz; siente que siempre la está mirando aunque no fije en ella sus ojos.

A las 6:50 pm, suena el tan anhelado timbre de salida. Ella toma su bolso de cuero, aquel que me regaló Antonio, un antiguo novio que tuve mientras trabajaba en la Biblioteca Central. Antonio era uno de los guardas nocturnos y lo conocí junto a Piet Mondrian, mientras observaba uno de sus cuadros. Yo inspeccionaba que todo en el salón de estudios marchara bien, cuando tropecé con él. Muy amable, se presentó como el guarda que sustituiría a Pepe, un idiota que me había delatado con la supervisora, cuando le contó que me había encontrado tomando un libro del estante de los clásicos... Lo confieso, es cierto que intentaba robarlo, pero era el único que sellaría con broche de oro mi colección. Pero bueno, al diablo Pepe y sus comentarios... Antonio me frecuentaba en los pasillo de ciencia ficción, el lugar ideal para nuestros encuentros: muy enérgicos, pero al final, simples mentiras. Le gustaba ese bolso, aunque trataba de olvidar quien se lo había obsequiado.

Recordó que debía apresurarse, pues su autobús, el de las 7:00 pm, estaba por llegar. Cuando subió, el décimo primer asiento a la derecha, su lugar preferido, estaba ocupado. Una señorita, de las divas postizas, posaba su trasero de $25.000 en su lugar predilecto. Decidió entonces contar, de regreso a su casa, cuántas como esta niña falsa estarían sentadas en el espacio favorito de muchos otros. Tan sólo 7 fueron las desdichadas que robaron un asiento en el autobús, nadie ha podido superar a los pelones fumadores.

Cuando llegó a su casa, oprimió los dígitos de la alarma que acaba de instalar, pues -según le dijeron- los delincuentes han aumentado en su barrio y la otra noche su vecino de al lado fue atacado por cuatro jóvenes que intentaron matarlo por tan solo quitarle su celular... Mejor prevenir que lamentar. 2-5-8-1-9-8..., 2-5-8-1-9-8..., 2-5-8-1-9-8... Algo extraño pasa. No recuerdo el último dígito... 2-5-8-1-9-8......

-¡Número 6!, gritó la señorita de enfrente. ¡Pase la ficha número 6!..

A Pamela le molesta tanto que la interrumpan cuando escribe. Ya sospechaba que no podría terminar su historia en esa banca de la clínica. Debe cerrar su libreta por un momento mientras retira las pastillas para su mamá. Más tarde, sin píldoras ni bombas para el asma intentará descifrar cómo su personaje abrirá aquel portón.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Delinear conciencias



Son las 7.40 p.m. El clima parece tener la intención de derretirnos. Indefensos, tratamos de abanicar lo que nos queda, con la única idea de que la mente deje de pensar en el calor. Sudo todas las desesperaciones juntas, y aún así no me acabo.
El bus lleva espacio y, como nunca, las ventanas abiertas. Estos son los momentos en los que uno agradece el chispazo que muchos tuvieron para hacer tal hazaña, porque no es cosa común este sentimiento colectivo de querer aire fresco. En poco tiempo me queda un lugar libre y me siento en la segunda fila con la felicidad de topar con una ventana.
Les decía que a veces nos alegra reconocer en los otros la iniciativa frente a ciertas situaciones. 
A veces. 
Tengo la suerte de topar a menudo con una clase de mujeres incapaces de despeinarse o desarreglarse en los viajes. La de hoy es épica, casi irreal. La protegen una vincha descomunal, casi un casco, sombras que no dejan ver sus ojos y tres capas de maquillaje que refuerza en cada parada que hace el bus. Intento saber cómo logra respirar. Además, y para mi rotunda desgracia, su verdadera salvación se resume en una ventana cerrada, sin ninguna posibilidad de dejar pasar aire al menos por un buen rato.
El espejo diminuto que lleva no la deja abarcar tanta piel ajena en cada brochazo que pasa por sus mejillas, entonces hace un particular baile moviendo su reflejo de un lado a otro, arriba y abajo, por el cuello, los ojos y los labios, que le regalan una sonrisa redentora que parece salvarla. Pero solo parece.
Toda esa habilidad para no abrir ventanas se fue a la forma en que se maquilla. Aun sin luz y en movimiento, usa lápiz delineador, rubor y máscara. Tan sugerente este último. Mi sorpresa fue cuando sacó un brillo que apretó por un costado y ¡voilà!... tres bombillos diminutos iluminaban aquella boca que no hablaba y le impedían salirse del borde natural de sus labios. Aquello fue de otro planeta.
El ritual hizo pausa hasta la última parada. Mientras tanto, yo seguía escurrida, abanicando lo que me quedó luego de un día tan caluroso como este. Creo que mañana va a ser igual, si no llueve; seguramente quede derretida, pero con la esperanza de que aún no se me corra la conciencia que me delineo todos los días.

sábado, 25 de octubre de 2014

Fabiola

Se llama Fabiola, vive en El Cajón de Grecia. Tiene cuatro años y sabe contar hasta 70, "mire: 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12,13
1,15,16,20,24,27,29,32,12,60,61,62,63,64,79,70"

Si le dicen que si quiere un confite responde que no porque se la roban. Lleva un pañito húmedo para el calor y no la dejan quitarse el abrigo, me dijo que la abuelita le pega (cómo, me pregunto yo, si va dormida y no se ha dado cuenta de que hablamos). 

"¡Puchica!, que abran las ventanas... mucho calor".

Le pregunto qué es lo que más le gusta y dice que ver la Princesita Sofía en el canal que es un cuatro y un dos, ir a Alajuela y a San José, aunque sea más frío. Me explica cómo jugar en el celular que le prestaron, algo como una versión de Mario Bros en un Nokia de los viejos... y gana.

-¿Usted tiene hijos?
-No.
-¿Hijas? 
-Tampoco.
-Entonces vive sola.
“Si viviera con usted sería un paraíso”...

Anda de un asiento en otro. Me da miedo que se caiga. La abuela la manda a despertar al tío que va al lado opuesto en la otra ventana. Nos ve y se ríe. ç"Habla más que..."
Si supiera lo importante que es para mí.

Le recogen el pelo, le abrochan el abrigo y la alzan. Mientras van bajado las gradas con ella al hombro, me pega un grito:
-¿Dónde era que vivía usted?
-En Sarchí. 
-Un día voy a jugar a su casa.



martes, 22 de julio de 2014

Morir con estilo

Hoy se me acercó un señor a ofrecerme un plan de protección familiar. Al inicio pensé que era un tipo de seguro o algo similar, pero no; se trataba de una funeraria mediante la cual, sin prima y con cuotas de 5000 colones por mes, uno se asegura un entierrito caché, buena calidad y con todos los lujos. Me ofrecieron servicio de cremación, patologías, traslados a nivel nacional (por si me quiero enterrar allá en la playa, pensé) y servicio personalizado (ya para qué, si no lo podré disfrutar). Me vendía la idea con carrozas en color dorado, blancas y negras; servicio de flores en la iglesia y en la capilla, rotulación para que los malamansados en la calle no se tiren y esperen a que pase el muerto; agüita para la gente que va caminando, una promoción en cajas de peluche gris y café (si vieran la congoja al llegar a esa parte). 
Al final le dije al señor que no, que yo no era de la zona, pero él rápidamente me recordó lo de los traslados a nivel nacional, "llegamos donde necesite", me dijo. Por todo lado traté de zafarme, pero él insistía muchísimo (llegué a pensar que me quería muerta para poder usar uno de sus planes). Me dejó sus datos y una extraña hoja cuyo encabezado era "Celebramos 50 000 horas de servicio". ¡Quién diablos celebra con la muerte!
Aunque a veces vivir es complicado y tiene sus mates, ahora morirse es carísimo; bueno, si uno quiere morir con estilo.


La equilibrista
Erika Kuhn

martes, 3 de junio de 2014

VIP

El bus no es de los viejos; tiene asientos de tres y de dos, bastante incómodos. El teléfono suena, apenas y se oye entre tanta bulla que traen carajillos de colegio cuyo viaje en bus de regreso a la casa hace las del mejor "paseo con los compas esta semana". Yo fui así... joven, quiero decir, porque un bus nunca ha sido para gritar y molestar; no es el viaje con los compas: es el mío conmigo, las ventanas y la gente.
-¿Aló?
-¿Usted es la filóloga?
-Sí.
-Ya le paso a mi jefe.
El bus está tan empañado. El muchacho al lado lleva la música tan alta que me puedo poner a cantar.
-¿Alo? Es que vieras que tengo un caso. Un cliente no sabe bien cómo usar la palabra vip. Resulta que...
Hay mucha gente vip, creo yo, como la señora que se montó con un bastón y pudimos darle un campo, o la muchacha que se quedó dormida una vez en mi hombro y no la quise despertar... pensé que ella quería dormir... hay mucha gente vip y poco la vemos. Parece que nos encanta quedarnos con los "very idiot people". Yo sé que así no se dice, pero me funciona.
-Sí, es que se trata de personas a las que damos un trato especial... sí, personas... personas.


jueves, 12 de enero de 2012

Cofradía floral


          
           De las cinco hermanas Obando Vargas, Ana Lía era la mayor. Desde pequeña, su pasión por las flores la llevó a olvidarse de las distracciones por las que pasaría cualquier niña de su edad: jugar con sus vecinas del barrio, asistir al parque con una de sus muñecas preferidas o, simplemente, salir al patio en busca de travesuras. Antes que esto, prefería todos los días buscar una flor distinta y colocarla en su cabello, y disponerse a realizar la ritual procesión por el jardín de su casa.
            Su vida junto a las flores le había permitido descubrir muchísimos secretos. Una vez, tratando de sembrar unas semillas de amapola que le regaló su vecina doña Tachi, descubrió a la dueña de la farmacia contándole a su madre que Inesita, la sobrina de su esposo, esperaba un hijo del carnicero. Otra vez, cuando regaba sus anturios, supo que Manuel, el amigo de su padre, había tratado de envenenar a Julián, su vecino de al lado, porque creía que era el amante de su esposa. Ana Lía tenía su jardín a la orilla de la carretera, lo que lo convertía en un lugar estratégico para enterarse de una que otra historia.
Cuando estuvo un poco más grande, la joven vio la necesidad de conseguir algo de dinero, así que optó por dedicarse a confeccionar arreglos florales y venderlos en diferentes ocasiones. Pensó que esta era la única forma para no separarse de lo que más amaba, las flores, y esto le traería grandes beneficios. De camino por la ciudad, ojeaba las vitrinas de las más famosas floristerías y memorizaba aquellos exóticos diseños para luego montarlos en su puesto. Muy pronto, se convirtió en una las mejores floristas de su pueblo, con lo que aumentó su fama al igual que su trabajo: que Manuelita Sánchez, la hija del doctor Solano, cumplía sus 15 primaveras, Ana Lía era contratada para la decoración de un inmenso salón; que se casaban Pedro y Esther, Ana Lía hacía los mejores arreglos para la ocasión; que funerales, despedidas, bailes; en fin, todas las celebraciones del pueblo estaban en manos de Ana Lía Obando Vargas, florista inmaculada que jamás se hubiera visto.
Ana Lía era muy dedicada con su trabajo y odiaba cuando uno de sus arreglos se echaba a perder por algo; principalmente, le molestaba cuando alguna de sus flores se quebraba o se desacomodaba en medio de alguna celebración. Inmediatamente sentía cómo había algo que no encajaba y se las ingeniaba para solucionarlo. Cómo olvidar aquel episodio cuando, en pleno discurso del alcalde, Ana Lía subió a la tarima principal equipada con hilo y varas de bambú; con ellos amarró una de las mejore rosas que había conseguido, pues el fuerte viento la había quebrado por la mitad. Ana Lía cuidaba cada detalle y fue precisamente esto lo que la convirtió en una de las más destacadas dentro del campo floral.
Cierto día, mientras estaba de cuclillas en su jardín, escuchó que la Santa Sede enviaba a su pueblo a un reconocido sacerdote, a quien calificaban de gran orador, con elocuentes sermones. Cuando Ana Lía escuchó que se trataba de Juan Alonso Tiabatus, no pudo evitar recordar aquella tarde, de la que hacía ya varios años, mientras podaba un rosal en su preciado jardín: su vecina se encontraba en la acera hablando con un joven seminarista, a quien agradecía el haber hablado con su hija y haber conseguido que saliera de los malos pasos en los que se encontraba. Ana Lía recordó que se trataba de Lilliana, una muchacha rebelde a la que sus padres no habían podido encaminar por buenos rumbos. 
 La madre había hecho lo imposible por corregir a su Lilli, pero la muchacha no entendía razones; optó por pedir la visita de un sacerdote, ya que pensaba que su hija de seguro estaba poseída por un espíritu maligno. Quien visitó esa tarde a Lilliana fue el seminarista Juan Alonso Tiabatus; el joven solicitó que los dejaran a solas pues tenía que tratar cara a cara con el mismo demonio. Su madre accedió y no se extrañó al escuchar, el poco tiempo, algo de gemidos y sonidos extraños. Juan Alonso Tiabatus salió exhausto de aquella casa y aseguró que Satanás había sido derrotado de nuevo. Sin embargo, nadie se explicó cómo después de aquel victorioso trabajo del joven seminarista Lilliana resultó estar embarazada. Todos afirmaron que el exorcismo había durado poco tiempo y que la muchacha volvió a caer en malos pasos, con lo que se justificó su estado. Ana Lía recordó todo esto en cuestión de segundos y estuvo segura de que ella sería la encargada de la decoración para la llegada de aquel siervo de Dios.
A los pocos días, el sacristán de la comunidad solicitó sus servicios, a lo cual Ana Lía aceptó gustosa. Un día antes de la esperada visita de Juan Alonso Tiabatus, la famosa florista cortó de su jardín los mejores especímenes florales y se preparó para comenzar su tarea. Había acordado con el sacristán llegar a las dos de la tarde al templo; sin embargo, prefirió adelantarse por aquello de que se presentara algún inconveniente. El templo estaba a poca distancia de su casa, por lo que sólo tuvo que cruzar la plazoleta para llegar hasta allí. Decidió entrar por la sacristía para dejar todo el cargamento en un lugar seguro y poder trabajar más tranquila. A tan sólo unos metros de la puerta, Ana Lía volvió a repetir aquel episodio que vivió mientras podaba su rosal, solo que ahora no escuchaba la historia, sino que la vivía cada segundo. Unos ruidos salían del baño ubicado en la sacristía; la florista asomó sus ojos por un pequeño espacio para ver qué sucedía. Sus manos apretaron las rosas que cargaba, al punto que las pequeñas espinas fueron incrustándose, una a una, en sus manos, lo que provocó que un hilo de sangre corriera y manchara su vestido. Juan Alonso Tiabatus besaba con desenfreno a una joven enclenque; Ana Lía supo que se trataba de Laura, la amiga de una de sus hermanas menores que vivía cerca del supermercado. La famosa florista se alejó un poco y salió directo a su casa.
Al poco rato, después de haber limpiado sus heridas y de cambiar su ropa, Ana Lía regresó a la sacristía más tarde de lo acordado. Se encontró con el presbítero, quien    -según le dijeron- había adelantado su llegada. Ana Lía se dedicó a confeccionar los ramos y los colocó por todo el templo; los distribuyó por el presbiterio y dejó los tres mejores arreglos para que constituyeran el adorno central, el que acompañaría al esperado sacerdote. Su trabajo tardó más de lo que esperaba, por lo que decidió regresaría al día siguiente, un poco antes de que se oficiara la ceremonia eucarística.
Al día siguiente, Ana Lía realizó los últimos detalles y dio por terminado su trabajo. Llegó la hora de que se celebrara el sacramento y decidió observar su producto final, cuando el sacerdote entrara con su séquito y se colocara cada uno en su sitio. Juan Alonso Tiabatus ingresó y se sentó en su silla; Ana Lía, desde la puerta principal, sintió una pequeña molestia. Había algo que no la dejaba tranquila; los arreglos de los lados eran perfectos, pero algo con el arreglo central le incomodaba: sentía que estaba algo torcido, que estaba a punto de resquebrajarse; miraba hacia un lado y hacia le otro y no lograba tranquilizarse. Intentó ingeniárselas para subir el presbiterio y arreglar el adorno central, el cual había comenzado a quebrarse por el peso de su conciencia; pero al tratar de hacerlo, se vio frenada por una fuerza que le decía que aquella imperfección nunca podría corregirse con hilo ni varas de bambú. 

jueves, 6 de octubre de 2011

Cenizienta


Cenizienta debía entregar sus zapatillas a las 10:20 p.m. Le encantaba el teatro, pero siempre le incomodó tener que salir corriendo a tomar un taxi para llegar a tiempo. No sabía por qué, pero siempre algo le dijo que le estaban robando un par de horas valiosas.

La llamaban Cenizienta no porque anduviera manchada de ceniza o porque oliera a tan interesante polvo. Cenizienta resultaba de su afición por los ceniceros; aunque ella no fumaba, muchos de sus amigos y conocidos lo hacían. Cierto era que comenzaba a ser fumadora pasiva, pero ante los cuestionarios, en su visita al médico, en la típica pregunta ¿Fuma usted?, un rotundo no, redondo y claro, salía de su boca ligera.

Los tenía de todos los tamaños y colores. Cada vez que iba al teatro, intentaba topar con espectáculos en horas tempranas, para después salir con sus amigos y conocidos a algún bar. Allí, aprovechaba y coleccionaba el cenicero que les dieran en cada uno de esos lugares.

-Matamos dos de un tiro, decía. Visita al teatro y cenicero nuevo.

Los había en formas de hojas, con líneas curveadas, otros cuadrados, de materiales diversos: madera, plástico (aunque algo derretidos), aluminio y cerámica. Odiaba cuando, aún viendo que sus amigos y conocidos fumaban, no les colocaban un cenicero en la mesa. El tiempo pasaba, casi las 10:00 p.m. y a veces el cenicero no llegaba… 10:10 y nada aún. Más de una vez estuvo a punto de salir sin nada en sus manos. 10:15 p.m. y aparecía. Sus ojos brillaban como las brasas de los cigarrillos en la mesa. Ese era su cenicero. Y a las 10:15 p.m. corría despavorida, botando todo a su paso, hacia el taxi, con cenicero en mano. Entregaba zapatillas a las 10:20 p.m.

¡Ay Cenizienta, la de los ceniceros!... víctima de robo: dos horas menos.

La última de sus visitas al teatro fue el jueves pasado. Eran las 10:15 p.m. y el cenicero no aparecía… 10:17 p.m. y nada… 10:20 p.m. y apareció. Lo tomó, pero esta vez no corrió hacia el taxi. Ninguno la vio salir. Lo único distinto fue que en la mesa el cenicero era doble y un tanto distinto a los demás: dos pies huecos, talla 38.


jueves, 30 de junio de 2011

El sombrero de nubes


Quería estar allá arriba... ¿Por qué no?
Comenzó a comerse las ramas del árbol de su patio; así, le nacería un tronco dentro tan, pero tan alto que tendría las nubes de sombrero.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ruthie

A Ruthie,
por tener la palabra
sin la imagen.

No sé si les ha pasado, pero muchas veces vemos a alguien a la cara y decimos que sus facciones son perfectas para encajarles un nombre. “Tiene cara de Abraham”, dicen unos. “Esa tiene cara de Lucía”, dicen otros.
Bueno, esta niña, apenas la vi supe no que tenía cara de algún nombre, sino que su nombre tenía cara de cuento: Ruthie. Conforme la fui conociendo, conforme fue descifrando su historia, supe que no me equivocaba.
Muchos detalles llamaron mi atención, pero uno que sin duda me cautivo fue saber que Ruthie tenía un espejo de color amarillo. Decía que ahí le brillaba el sol, aunque siempre estuviera de noche cuando lo veía. Era menuda, apenas y se deslizaba por las paredes, cuando se lograba esconder de su criada. No solía hacer ruido, porque su mamá, fallecida hacía ya cuatro años, le había dado unas zapatillas de tela… “Zapatos viejos”, como decía una canción que le gustaba escuchar... siempre pensó que hablaban de los sueños.
Y así, sigilosa y delicada, se metía entre los pasillos de la casa, dejando siempre unas florecitas amarillas en su camino. La criada se molestaba todos los días por andar barriendo esas flores; regañaba a la niña, pero ella nunca decía nada. Apenas escuchaba el regaño, volvía a ver su mano, con el espejo siempre. Ruthie decía que dejaba esas flores para que todos buscaran el rumbo hacia el espejo.
Una mañana amaneció con una lluvia insoportable y la niña no quiso levantarse de su cama. La criada estaba sorprendida, porque ese día no hubo ni pétalos ni nada. La niña en cama miraba hacia la ventana, hacia el techo... ni siquiera había probado su leche. Eso sí, desde que despertó se puso sus zapatillas... "Zapatos viejos, danzarines cometas del cielo... ¿qué nuevo paso darás? ¿Que acaso te detendrás?", decía la canción. Afuera llovía tanto que bien podría haber sido el mundo una pecera, con autos viejos en vez de peces, con humanos encerrados en burbujas.
Pasó el día con el asombro de la criada, quien nunca se asomó a ver que ocurría con la niña. En la noche, cuando ya fue momento extraño en que no hubiera ni una queja, ni una risa o un pestañeo, la criada subió. Al entrar al cuarto quedo perpleja, el destello que salió al abrir la puerta la hizo retroceder, tocar sus ojos ante el miedo de estar ciega; tanta luz no la dejaba encontrar a la niña.
Después de que se repuso de su impacto, alcanzó a ver que las paredes estaban llenas de flores, flores amarillas que cubrían las paredes, el techo, el suelo, la cama, la mesita de noche… al cuerpo mismo de la niña. Cuando intentó acercarse a su cuerpo, Ruthie parecía una margarita, con su rostro iluminado, amarillo, lleno de luz y un borde blanco rodeándolo.
Había muerto. La lluvia que caía afuera le había dejado en sequía el corazón.
Cuando la criada intentó tocarla, sintió un frío recorrer su mano: estaba herida, como cortada por un filoso objeto. Ruthie era un espejo; su vestido eran las flores en las paredes, en el techo. Cuando la criada quiso tomarla de nuevo, volvió a cortarse en su intento por hacerla despertar y Ruthie cayó al suelo. Su cuerpecito de flor se resquebrajó en miles de astillitas doradas y lo único que quedó intacto al caer fueron un par de zapatillos viejos, unos que nunca se cansarían de danzar.
No sé si les ha pasado. A veces cuando tomas una hoja de papel o un pétalo, según a como lo hagas, te roza y te cortas. No sé si el rayo dorado del sol les ha cortado la vista. Esta niña no tenía rostro con nombre: esta niña tenía nombre de cuento, tenía el filo necesario en sus ojos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Ángel



Yo no conozco a Ángel. Según entiendo, tiene como 5 o 6 años y es muy bueno jugando ajedrez. Sus facciones, las manos, alguna sonrisa característica, un gesto de enojo o algo por el estilo son detalles que solo he podido imaginar con lo que me cuenta Pogua, su niñero, quien también le lee cuentos en las noches para que se vaya a dormir.

Si debo confesar que tan solo una vez lo vi pasar: yo volvía de casa de un amigo y había tomado un taxi. Ahí por la cuadra del Banco Nacional detallé primero a Joan (algo así se llama el novio de la madre de Ángel), luego a su madre y, haciendo un recorrido hacia abajo, queriendo encontrar su cuerpecito, a Ángel. Puedo jurar que tiene un cabello hermoso, como que le hace juego con ese dicho de “cabello de ángel”, que le he escuchado a mi mamá.

Y allí va, pequeñito, de tal vez unos 7 o 10 centímetros, cuando lo mido con mi ojo cerrado y mis dedos simulando una escala. Tiene un paso acelerado, pero creo que más bien la acelerada es su madre, porque Ángel debe ponerse a su ritmo. No me explico eso: él debe tener un paso, pero camina con los pies de su mamá.

Esa ha sido la única vez que lo he visto. Intento imaginármelo siempre, con los detalles de Pogua, como dije. Y es solo así, porque yo no lo conozco ni quiero conocerlo. Lo que pasa es que me da un poco de miedo que al mirarme la primera vez intente decir algo, pero solo voltee y no quiera hablar conmigo.

miércoles, 16 de junio de 2010

Realidad

Ahí estaba él: sentado en su silla de todos los días, vestido con una camiseta blanca cuyo mensaje ni siquiera entendía... "Everything has been thought of before but difficulty is to think of it again".
Veía la pantalla de su computadora absorto, desubicado.

"Nadie se toma nunca la molestia de hablarte con la verdad, entendelo. No sé por qué seguías pensando que detrás de las sonrisas de unos pocos había un pedacito de corazón o un mínimo de sinceridad", le decía su diminuta conciecia, aquel lugarcito que reconocía aún le sobrevivía a la estupidez humana.

Se preguntaba por qué nunca nadie le dijo que allí estaba el cielo o el sol... las hojas, las calles. "Puta, me duele. Me duele que la gente me mire como idiota, como si no mereciera la explicación sobre las cosas. A fin de cuentas vos esperás que quienes te aprecian te digan la verdad, te hagan salir de un error", decía.

Desde pequeño estuvo de acuerdo con aquellos que creyeron en que al llegar al horizonte todos caían por la orilla, hacia un abismo inexplicable. Ahora se sentía como un bruto, como si se desengañara de la forma más cruel.

Solía mirar hacia adentro y, ajeno, había creído siempre que la vida era cuadrada.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Nuestro Bernardo



Dicen que las palabras que terminan en “o” son hondas. Si ves por ejemplo la palabra hueco…hueeecooooooo… esta se hunde; sucede lo mismo con hoyo y con fondo. Todas se nos alejan hacia abajo. Nuestro Bernardo es así, como eso tan difuso y a la vez tan lleno de vida. Es tan oscuro, otra palabra que termina con “o”, que se nos escapa de las manos, pero también tiene tanta luz para darnos que no sabemos qué pasa con él.

Creemos que es su voz, ronca y grande, la que nos permite tenerlo al lado y sentir como si nos apretujara con cada palabra, porque lleva tanta fuerza que todas queremos tenerlo al lado, todas queremos comérnoslo de un bocado. Creemos también que puede ser ese momento cuando nos envuelve en un abrazo, porque asfixia irremediablemente cualquier pena que tengamos, cualquier sinsabor que nos agobie. Porque ya todas lo sabemos: queremos que nos abrace o hemos llegado a decir que extrañamos verlo; sin embargo, puede que no sea eso, porque bien podríamos tener los ojos tapados y no percatarnos que está a nuestro lado, pero en un abrazo inconfundible hemos perdido noción de lo que pesa y aturde.

Cierto: hueco, fondo, abrazo, pozo, difuso, alto, lado, bocado… todas terminan en “o”… y lo más importante, hondo. Decía que es hondo, tanto que nos deja vacías, a la espera. Tan hondo, que llena.

martes, 12 de enero de 2010

Después de recordar a Diego


Para Gabito
por hacer que Alonso
recordara a Diego



-Me encuentro en un dilema: ahora mis pies están sucios y no tengo la pasión de Diego. Y lo peor, Gabito decidió imitarme.

-No es lo peor… es lo mejor. Gabito sabe cómo son las cosas y no te está imitando. Te está dando ánimos para que vos no te pongás más los zapatos.

-La gente nos ve raro, pero es cierto… me voy acostumbrando. Es más, tal vez lo disfruto, pero me preocupa que Gabito se vuelva planta. Lo veo demasiado cómodo.

-¿La gente? ¿Eso qué es? Ahí lo único real son ustedes dos. ¿Gente? Como te digo, él sabe lo que hace. Ellos siempre saben más que nosotros.

-Entonces ¿cómo lo asumo? Solo pienso en quehaceres, apariencias, responsabilidades y la deuda social en la que incurro. Si ellos no son reales, tampoco lo soy. Claro, él parece no darse por enterado.

-Ese tipo de gente es la que no importa. La que pasa y ve, se voltea y habla. Me refiero a la realidad que tienen justo ahora ustedes dos. Una que los demás no pueden comprender, a como habrá otros que sí. Gabito sí se da cuenta, pero solo quiere que vos actués como él, que parezca que no te das por enterado igual.

-Es tarde. No entiendo las cosas de esa manera.

jueves, 7 de enero de 2010

Diego


A José Eduardo, quien detuvo el tiempo
en unas cuantas hojas que salvó.
Gracias

El jueves pasado, Diego tomó una decisión: nunca más usaría zapatos estaba. Estaba cansado de sentir los dedos apretujados y se preguntaba por qué tenía que ser así, ¿desde cuándo era necesario andar incómodo? ¿acaso los pájaros usaban zapatos? ¿acaso su perro Canelo los usaba?
Tenía una extraña afición por la tierra y su mamá siempre lo regañaba porque regresaba todo sucio. Diego no entendía, porque en realidad hacía lo que mas le gustaba: estar con la tierra. Decidió dejar sus zapatos, porque amaba esa sensación de frío que le dejaba en la planta de los pies, porque no sé si ustedes saben, pero el calor le entra a uno por los pies.... uno crece de pequeño porque es cuando más tiempo anda descalzo y así todo lo que hay en la tierra le entra a uno por ahí. De esta manera, Diego tomó una decisión: se zafó los cordones, se quitó las medias (que usaba rotas para engañar a su madre y siempre sentir la tierra cuando se quitaba los zapatos) y dijo: no más... que la tierra me llene de frío, me nutra hasta por las uñas.
Salió un día, de esos comunes, cuando solo entran ganas de salir a caminar por ahí y ver la gente pasar; salió sin sus zapatos, claro, y de camino recordó uno de sus trillos preferidos, uno que daba al jardín de don Ismael. Don Ismael era viudo y no había tenido hijos. Se pasaba el día en el jardín, sembrando cuanta cosa se encontrara y eso que sembraba decía que eran sus retoños. Les ponía nombre, entonces cuando uno pasaba, don Ismael hablaba: “Mira, Mariana, como llevas esa raíz... ay Adriano... ¿no te he dicho que no permitas que esas hormigas te coman las hojas?”. Diego amaba ese jardín, porque se entretenía escuchando a don Ismael, inventando historias con las plantas, con las hojas y algunas flores. Diego decía que él hubiese querido ser una planta, porque sentía siempre el viento de la forma en como ellas lo reciben y estaría anclado para siempre a su suelo, a su tierra.
Ese día se sentía extraño. Sentía, como nunca antes, querer estar allá. Entró al jardín y vio a don Ismael cavando un hueco enorme. Diego estaba asombradísimo, porque no imaginaba como un señor tan viejo hubiera tenido tanta tanta fuerza para cavar. Cuando Ismael lo vio llegar, le dijo: “Diego, estas acá... te esperaba desde temprano, pero supuse que escogerías las 5:00 pm para venir. Sé que amas esa hora del día”. Diego no entendía, pero se sentía a gusto. Don Ismael lo invitó a entrar en el hueco y Diego no dijo nada: puso sus manos en la tierra y se sintió en casa, frío... raíz, y don Ismael comenzó a llenarlo de tierra. Diego se iba oscureciendo, pero sentía el frío más hondo, más penetrante. Cuando don Ismael terminó, se fue a recostar.
Por muchos días buscaron a Diego; sin embargo, solo encontraron sus zapatos enterrados en el patio de atrás. Ahora, cuando alguien pasa por el patio de don Ismael, se asombran de un arbolito en especial. Don Ismael dice que se llama Diego y lo impresionante es que las raíces se salen siempre. Él dice que Diego ama el viento y por eso deja sus raíces fuera.

domingo, 3 de enero de 2010

Orugas

Salí a pasear con una sombrilla verde y tropecé con una oruga. Algo apenada, me disculpé por mi torpeza al no mirar el lugar donde piso.
La oruga, sin resentimientos, se mostró tranquila y me invitó a caminar con ella un rato. Despacio, continuamos paseando. Ambas estábamos algo silencionas; yo intentaba tapar el sol con mi sombrilla de modo que ella también pudiera evitar los ardientes rayos.
Al pasar un tiempo, la oruga, en tono serio y pensativo, dijo:

-Sabes, estoy algo cansada de vivir arrugada, arrastrando mi cuerpo. Ya estoy algo vieja y creo que merezco descansar un poco.

Era cierto. Desde un principio noté que era ya uno oruga mayor. Supuse que estaba pasando uno de esos momentos en lo que hasta lo más mínimo se convierte en rutina y es necesario descansar o cambiar papeles para no llegar a una posición como esta que sufría mi compañera de viaje.
Yo permanecía en silencio.

-Sabes, siempre he querido alcanzar una hoja de roble, pero no lo he logrado aún.

Pensé que como todos, la oruga tenía un sueño, y como todos solemos hacerlo algunas veces, son estos los que dejamos de lado... creemos que por ser sueño no puede concretarse. Supe que, como todos, llega un momento en que se nos hace necesariamente obligatorio tratar de alcanzarlo.

Caminé aún en un silencio más profundo.

Pasado un gran trayecto, mi acompañante interrumpió su paso de acordeón, al mismo tiempo en que yo procuré datenerme para que el sol no la abrasara.

-Sabes, creo que debo regresar. No debí alejarme tanto.

Cordialmente, hizo una pequeña reverencia, ante lo cual solo pude repetir el gesto mientras con una pequeña sonrisa la miré alejarse.

Caminé en silencio largo tiempo. Cuando volví a casa, cerré mi sombrilla verde y al verla, arrugada y usada ya desde hace mucho, recordé a la oruga. Sus palabras fueron sabias... a lo mejor solo para mí.

De igual forma, pensé en que el sol estuvo algo insoportable y ella, arrugada y cansada, no está muy acostumbrada a él.
Yo aprendí a mirar bien donde pongo los pies. No sea que en una la haga descansar para siempre.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El ascensor


Esperar frente a un ascensor. El viento es el más frio que puede correr en ese diciembre.
Una hora de ver abrirse y cerrarse una puerta.

"Baja. Deje la puerta libre, por favor. Primer piso"

Sus ojos ya simulan el ir y venir de la gente, los pisos que suben, las puertas.... el ir y venir de una ilusión.

Arriba
el viento pasa
debajo de tus pies
no te corta
o te seca la cara.
Abajo
es simplemente
un cuadro más
sin alas
y con la tierra
recordándote
donde estás.

Una hora de abrirse y cerrarse una puerta.
Es como un juego: abierta, se te sube el estómago a la boca; cerrada, bajan los párpados como buscando explicacion a ras del suelo.

Arriba
la boca tiene
otro sabor
similar al de
tiza de estrellas.
Abajo
es simplemente
una ausencia
de colores
y con el reloj
recordándote
que usó las escaleras.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Cierto Mario



Cierto que no pudo terminar de estudiar. Mario soñaba con llevar clases de pintura; a nadie le ha mostrado esa carpeta donde guarda unos cuantos bocetos. Yo los vi una vez que buscaba unas medias bajo la cama: ahi estaba, empolvada y sin mucho cuidado. Mario no sabe que lo sé.
Cierto también que cuando comenzó a fumar ya no pudo dejar de hacerlo. Primero me dijo que solo quería saber qué se sentía un poco de humo cavando trayecto hacia sus pulmones. Ahora puede fumarse dos o tres paquetes por día. Pero él sabe que yo no digo nada, que no opino, que solo no hablamos del tema.
Cierto que se siente un poco delgado. Dice puede ser porque tiene una grave gastritis que le impide comer bien, cualquier cosa, por mínima que sea, puede ocasionarle malestar y tirarlo en la cama por varios días. Por eso prefiere comer poco. He ahí la razón por la cual comienza a ser una pequeña línea vertical.
Cierto además que muchos lo ven pero lo dejan pasar. Yo lo conocí en un autobús, cuando me dirigía al trabajo. Mario llevaba a un pequeño en brazos y un gran bolso con pañales, biberones y ropa de niño. Todos tuvimos que ver con él porque Emanuel lloraba y lloraba. Las mujeres hacíamos caras de ternura ante aquel cuadro paternal; solemos derretirnos por completo al ver a un hombre con un pequeño. Los hombres, algunos, solo volteaban a ver y sonreían; otros, como siempre, lo dejaban pasar. Yo iba a su lado, así que me aproveche para entablar conversación.

Cierto. Cierto que hablamos y me contó lo de sus dibujos, donde poco después comprobé que existían. Cierto que sentí su olor a cigarrillo, ese que ya se desprende por los poros de sus brazos. También cierto que me comentó de sus malestares, justo ese día había tenido uno de los peores ataques. Cierto que no lo dejé pasar y ahí comprobé que cuando muchos lo regañaron por no terminar sus estudios, por tener un vicio o por alimentarse mal, nadie, por dejarlo pasar, sabe que él tienen suficientes razones para vivir.

domingo, 25 de octubre de 2009

¿Y todo eso en un autobús?




Sí. Cuando me preguntan que dónde paso la mayoría del tiempo, he de decir siempre que mi vida viaja en los asientos de atrás de un autobús.

Muchos se niegan a usarlos para evitar las presas, para conseguir llegar a tiempo, para tener un cómodo y placentero viaje o para solo guardar un poco más de privacidad. Sin embargo, puedo asegurar que todo eso también se logra en este singular medio de transporte.

Cuando no es que te enteras de que los novios ahora discuten por cómo se viste otra gente, te das cuenta de que al lado llevas a un gracioso imitador de Daddy Yankee, quien canta a capela y sin reservas una de sus piezas favoritas que guarda en un walkman de los viejos. Luego te fijas en que un niño llora o que una señora sube con las bolsas del mercado y se tambalea tanto por el movimiento del arranque que crees quedará hecha puré con verduras y frutas en el suelo.

Si te sientas al inicio, puedes conocer en detalle al chofer: cómo da el cambio del pasaje, si cuenta mucho las monedas, si irrespeta la ley usando su celular, si compresiona donde tú lo harías o si solo no acostumbra fijarse mucho en el retrovisor. En el medio del autobús conoces lo horrible que es ir apretujado, con traseros en tu cara o rodillas que chocan unas con otras. Es aburrido el centro. Atrás, la parte de atrás, tiene un toque interesantísimo: vez marcar una danza de cabezas: en las curvas todas se tambalean hacia la derecha... hacia la izquierda... y en un frenazo retumban y se descoordinan.

Descubres vendedores de postales de Hello Kitty, quienes solo piden sin decir nada o aquellos que a cambio de "Derroche", de Ana Belén, te pedirán una moneda. Están quienes se sostienen de las barras o maleteros y quienes olvidan cuadernos, bolsas o lo que sea en ellos.

Únicas son las personas que huyen de tocar tu mano o tu cabeza por equivocación o quienes se disculpan siempre al hacerlo.

Muchos detestean a los "majones en potencia" que van por el pasillo entero dejando pies aplastados. Quienes te empapan con sus sombrillas cuando llueve o los que buscan la ventana para abrirla de par en par y dejar por algún lado marañas de cabellos despeinados. Los que leen o los que miran y miran el reloj porque no tomaron el bus a la hora justa.

Los que ceden los asientos o aquellos que discuten cuando esto no sucede; los altos que pegan su cabeza en el techo o los bajitos, a quienes no les queda más remedio que salvar su equilibrio en los asientos.

Sí. Todo esto en un autobús. Y cuando te subes en ellos te conviertes en un más: uno que ronca, uno que hace malas caras, el que se tira un pedo o el primero en olerlo; el que toca el timbre a los demas o quién usa el campo de en medio; quien cabecea al dormirse o el que guarda espacios para alguien. Te conviertes en uno más, uno más que también es quien reconoce que esas monedas vale la pena sonarlas en la mano antes de que pase el bus.

martes, 29 de septiembre de 2009

EL jinete oscuro




Solían llamarlo el jinete oscuro por su porte taciturno, sus ropas negras y su paso marcado.

Nunca supo si le desagradaba aquel sobrenombre. Lo que sí sabía era que no tenía dinero para comprar otros vestidos, que su color preferido era el negro y que su pie izquierdo estaba incompleto, por lo que parecía que -en vez de caminar- montaba un caballo.