miércoles, 16 de diciembre de 2015

Delinear conciencias



Son las 7.40 p.m. El clima parece tener la intención de derretirnos. Indefensos, tratamos de abanicar lo que nos queda, con la única idea de que la mente deje de pensar en el calor. Sudo todas las desesperaciones juntas, y aún así no me acabo.
El bus lleva espacio y, como nunca, las ventanas abiertas. Estos son los momentos en los que uno agradece el chispazo que muchos tuvieron para hacer tal hazaña, porque no es cosa común este sentimiento colectivo de querer aire fresco. En poco tiempo me queda un lugar libre y me siento en la segunda fila con la felicidad de topar con una ventana.
Les decía que a veces nos alegra reconocer en los otros la iniciativa frente a ciertas situaciones. 
A veces. 
Tengo la suerte de topar a menudo con una clase de mujeres incapaces de despeinarse o desarreglarse en los viajes. La de hoy es épica, casi irreal. La protegen una vincha descomunal, casi un casco, sombras que no dejan ver sus ojos y tres capas de maquillaje que refuerza en cada parada que hace el bus. Intento saber cómo logra respirar. Además, y para mi rotunda desgracia, su verdadera salvación se resume en una ventana cerrada, sin ninguna posibilidad de dejar pasar aire al menos por un buen rato.
El espejo diminuto que lleva no la deja abarcar tanta piel ajena en cada brochazo que pasa por sus mejillas, entonces hace un particular baile moviendo su reflejo de un lado a otro, arriba y abajo, por el cuello, los ojos y los labios, que le regalan una sonrisa redentora que parece salvarla. Pero solo parece.
Toda esa habilidad para no abrir ventanas se fue a la forma en que se maquilla. Aun sin luz y en movimiento, usa lápiz delineador, rubor y máscara. Tan sugerente este último. Mi sorpresa fue cuando sacó un brillo que apretó por un costado y ¡voilà!... tres bombillos diminutos iluminaban aquella boca que no hablaba y le impedían salirse del borde natural de sus labios. Aquello fue de otro planeta.
El ritual hizo pausa hasta la última parada. Mientras tanto, yo seguía escurrida, abanicando lo que me quedó luego de un día tan caluroso como este. Creo que mañana va a ser igual, si no llueve; seguramente quede derretida, pero con la esperanza de que aún no se me corra la conciencia que me delineo todos los días.

sábado, 25 de octubre de 2014

Fabiola

Se llama Fabiola, vive en El Cajón de Grecia. Tiene cuatro años y sabe contar hasta 70, "mire: 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12,13
1,15,16,20,24,27,29,32,12,60,61,62,63,64,79,70"

Si le dicen que si quiere un confite responde que no porque se la roban. Lleva un pañito húmedo para el calor y no la dejan quitarse el abrigo, me dijo que la abuelita le pega (cómo, me pregunto yo, si va dormida y no se ha dado cuenta de que hablamos). 

"¡Puchica!, que abran las ventanas... mucho calor".

Le pregunto qué es lo que más le gusta y dice que ver la Princesita Sofía en el canal que es un cuatro y un dos, ir a Alajuela y a San José, aunque sea más frío. Me explica cómo jugar en el celular que le prestaron, algo como una versión de Mario Bros en un Nokia de los viejos... y gana.

-¿Usted tiene hijos?
-No.
-¿Hijas? 
-Tampoco.
-Entonces vive sola.
“Si viviera con usted sería un paraíso”...

Anda de un asiento en otro. Me da miedo que se caiga. La abuela la manda a despertar al tío que va al lado opuesto en la otra ventana. Nos ve y se ríe. ç"Habla más que..."
Si supiera lo importante que es para mí.

Le recogen el pelo, le abrochan el abrigo y la alzan. Mientras van bajado las gradas con ella al hombro, me pega un grito:
-¿Dónde era que vivía usted?
-En Sarchí. 
-Un día voy a jugar a su casa.



martes, 22 de julio de 2014

Morir con estilo

Hoy se me acercó un señor a ofrecerme un plan de protección familiar. Al inicio pensé que era un tipo de seguro o algo similar, pero no; se trataba de una funeraria mediante la cual, sin prima y con cuotas de 5000 colones por mes, uno se asegura un entierrito caché, buena calidad y con todos los lujos. Me ofrecieron servicio de cremación, patologías, traslados a nivel nacional (por si me quiero enterrar allá en la playa, pensé) y servicio personalizado (ya para qué, si no lo podré disfrutar). Me vendía la idea con carrozas en color dorado, blancas y negras; servicio de flores en la iglesia y en la capilla, rotulación para que los malamansados en la calle no se tiren y esperen a que pase el muerto; agüita para la gente que va caminando, una promoción en cajas de peluche gris y café (si vieran la congoja al llegar a esa parte). 
Al final le dije al señor que no, que yo no era de la zona, pero él rápidamente me recordó lo de los traslados a nivel nacional, "llegamos donde necesite", me dijo. Por todo lado traté de zafarme, pero él insistía muchísimo (llegué a pensar que me quería muerta para poder usar uno de sus planes). Me dejó sus datos y una extraña hoja cuyo encabezado era "Celebramos 50 000 horas de servicio". ¡Quién diablos celebra con la muerte!
Aunque a veces vivir es complicado y tiene sus mates, ahora morirse es carísimo; bueno, si uno quiere morir con estilo.


La equilibrista
Erika Kuhn

martes, 3 de junio de 2014

VIP

El bus no es de los viejos; tiene asientos de tres y de dos, bastante incómodos. El teléfono suena, apenas y se oye entre tanta bulla que traen carajillos de colegio cuyo viaje en bus de regreso a la casa hace las del mejor "paseo con los compas esta semana". Yo fui así... joven, quiero decir, porque un bus nunca ha sido para gritar y molestar; no es el viaje con los compas: es el mío conmigo, las ventanas y la gente.
-¿Aló?
-¿Usted es la filóloga?
-Sí.
-Ya le paso a mi jefe.
El bus está tan empañado. El muchacho al lado lleva la música tan alta que me puedo poner a cantar.
-¿Alo? Es que vieras que tengo un caso. Un cliente no sabe bien cómo usar la palabra vip. Resulta que...
Hay mucha gente vip, creo yo, como la señora que se montó con un bastón y pudimos darle un campo, o la muchacha que se quedó dormida una vez en mi hombro y no la quise despertar... pensé que ella quería dormir... hay mucha gente vip y poco la vemos. Parece que nos encanta quedarnos con los "very idiot people". Yo sé que así no se dice, pero me funciona.
-Sí, es que se trata de personas a las que damos un trato especial... sí, personas... personas.


jueves, 12 de enero de 2012

Cofradía floral


          
           De las cinco hermanas Obando Vargas, Ana Lía era la mayor. Desde pequeña, su pasión por las flores la llevó a olvidarse de las distracciones por las que pasaría cualquier niña de su edad: jugar con sus vecinas del barrio, asistir al parque con una de sus muñecas preferidas o, simplemente, salir al patio en busca de travesuras. Antes que esto, prefería todos los días buscar una flor distinta y colocarla en su cabello, y disponerse a realizar la ritual procesión por el jardín de su casa.
            Su vida junto a las flores le había permitido descubrir muchísimos secretos. Una vez, tratando de sembrar unas semillas de amapola que le regaló su vecina doña Tachi, descubrió a la dueña de la farmacia contándole a su madre que Inesita, la sobrina de su esposo, esperaba un hijo del carnicero. Otra vez, cuando regaba sus anturios, supo que Manuel, el amigo de su padre, había tratado de envenenar a Julián, su vecino de al lado, porque creía que era el amante de su esposa. Ana Lía tenía su jardín a la orilla de la carretera, lo que lo convertía en un lugar estratégico para enterarse de una que otra historia.
Cuando estuvo un poco más grande, la joven vio la necesidad de conseguir algo de dinero, así que optó por dedicarse a confeccionar arreglos florales y venderlos en diferentes ocasiones. Pensó que esta era la única forma para no separarse de lo que más amaba, las flores, y esto le traería grandes beneficios. De camino por la ciudad, ojeaba las vitrinas de las más famosas floristerías y memorizaba aquellos exóticos diseños para luego montarlos en su puesto. Muy pronto, se convirtió en una las mejores floristas de su pueblo, con lo que aumentó su fama al igual que su trabajo: que Manuelita Sánchez, la hija del doctor Solano, cumplía sus 15 primaveras, Ana Lía era contratada para la decoración de un inmenso salón; que se casaban Pedro y Esther, Ana Lía hacía los mejores arreglos para la ocasión; que funerales, despedidas, bailes; en fin, todas las celebraciones del pueblo estaban en manos de Ana Lía Obando Vargas, florista inmaculada que jamás se hubiera visto.
Ana Lía era muy dedicada con su trabajo y odiaba cuando uno de sus arreglos se echaba a perder por algo; principalmente, le molestaba cuando alguna de sus flores se quebraba o se desacomodaba en medio de alguna celebración. Inmediatamente sentía cómo había algo que no encajaba y se las ingeniaba para solucionarlo. Cómo olvidar aquel episodio cuando, en pleno discurso del alcalde, Ana Lía subió a la tarima principal equipada con hilo y varas de bambú; con ellos amarró una de las mejore rosas que había conseguido, pues el fuerte viento la había quebrado por la mitad. Ana Lía cuidaba cada detalle y fue precisamente esto lo que la convirtió en una de las más destacadas dentro del campo floral.
Cierto día, mientras estaba de cuclillas en su jardín, escuchó que la Santa Sede enviaba a su pueblo a un reconocido sacerdote, a quien calificaban de gran orador, con elocuentes sermones. Cuando Ana Lía escuchó que se trataba de Juan Alonso Tiabatus, no pudo evitar recordar aquella tarde, de la que hacía ya varios años, mientras podaba un rosal en su preciado jardín: su vecina se encontraba en la acera hablando con un joven seminarista, a quien agradecía el haber hablado con su hija y haber conseguido que saliera de los malos pasos en los que se encontraba. Ana Lía recordó que se trataba de Lilliana, una muchacha rebelde a la que sus padres no habían podido encaminar por buenos rumbos. 
 La madre había hecho lo imposible por corregir a su Lilli, pero la muchacha no entendía razones; optó por pedir la visita de un sacerdote, ya que pensaba que su hija de seguro estaba poseída por un espíritu maligno. Quien visitó esa tarde a Lilliana fue el seminarista Juan Alonso Tiabatus; el joven solicitó que los dejaran a solas pues tenía que tratar cara a cara con el mismo demonio. Su madre accedió y no se extrañó al escuchar, el poco tiempo, algo de gemidos y sonidos extraños. Juan Alonso Tiabatus salió exhausto de aquella casa y aseguró que Satanás había sido derrotado de nuevo. Sin embargo, nadie se explicó cómo después de aquel victorioso trabajo del joven seminarista Lilliana resultó estar embarazada. Todos afirmaron que el exorcismo había durado poco tiempo y que la muchacha volvió a caer en malos pasos, con lo que se justificó su estado. Ana Lía recordó todo esto en cuestión de segundos y estuvo segura de que ella sería la encargada de la decoración para la llegada de aquel siervo de Dios.
A los pocos días, el sacristán de la comunidad solicitó sus servicios, a lo cual Ana Lía aceptó gustosa. Un día antes de la esperada visita de Juan Alonso Tiabatus, la famosa florista cortó de su jardín los mejores especímenes florales y se preparó para comenzar su tarea. Había acordado con el sacristán llegar a las dos de la tarde al templo; sin embargo, prefirió adelantarse por aquello de que se presentara algún inconveniente. El templo estaba a poca distancia de su casa, por lo que sólo tuvo que cruzar la plazoleta para llegar hasta allí. Decidió entrar por la sacristía para dejar todo el cargamento en un lugar seguro y poder trabajar más tranquila. A tan sólo unos metros de la puerta, Ana Lía volvió a repetir aquel episodio que vivió mientras podaba su rosal, solo que ahora no escuchaba la historia, sino que la vivía cada segundo. Unos ruidos salían del baño ubicado en la sacristía; la florista asomó sus ojos por un pequeño espacio para ver qué sucedía. Sus manos apretaron las rosas que cargaba, al punto que las pequeñas espinas fueron incrustándose, una a una, en sus manos, lo que provocó que un hilo de sangre corriera y manchara su vestido. Juan Alonso Tiabatus besaba con desenfreno a una joven enclenque; Ana Lía supo que se trataba de Laura, la amiga de una de sus hermanas menores que vivía cerca del supermercado. La famosa florista se alejó un poco y salió directo a su casa.
Al poco rato, después de haber limpiado sus heridas y de cambiar su ropa, Ana Lía regresó a la sacristía más tarde de lo acordado. Se encontró con el presbítero, quien    -según le dijeron- había adelantado su llegada. Ana Lía se dedicó a confeccionar los ramos y los colocó por todo el templo; los distribuyó por el presbiterio y dejó los tres mejores arreglos para que constituyeran el adorno central, el que acompañaría al esperado sacerdote. Su trabajo tardó más de lo que esperaba, por lo que decidió regresaría al día siguiente, un poco antes de que se oficiara la ceremonia eucarística.
Al día siguiente, Ana Lía realizó los últimos detalles y dio por terminado su trabajo. Llegó la hora de que se celebrara el sacramento y decidió observar su producto final, cuando el sacerdote entrara con su séquito y se colocara cada uno en su sitio. Juan Alonso Tiabatus ingresó y se sentó en su silla; Ana Lía, desde la puerta principal, sintió una pequeña molestia. Había algo que no la dejaba tranquila; los arreglos de los lados eran perfectos, pero algo con el arreglo central le incomodaba: sentía que estaba algo torcido, que estaba a punto de resquebrajarse; miraba hacia un lado y hacia le otro y no lograba tranquilizarse. Intentó ingeniárselas para subir el presbiterio y arreglar el adorno central, el cual había comenzado a quebrarse por el peso de su conciencia; pero al tratar de hacerlo, se vio frenada por una fuerza que le decía que aquella imperfección nunca podría corregirse con hilo ni varas de bambú. 

jueves, 6 de octubre de 2011

Cenizienta


Cenizienta debía entregar sus zapatillas a las 10:20 p.m. Le encantaba el teatro, pero siempre le incomodó tener que salir corriendo a tomar un taxi para llegar a tiempo. No sabía por qué, pero siempre algo le dijo que le estaban robando un par de horas valiosas.

La llamaban Cenizienta no porque anduviera manchada de ceniza o porque oliera a tan interesante polvo. Cenizienta resultaba de su afición por los ceniceros; aunque ella no fumaba, muchos de sus amigos y conocidos lo hacían. Cierto era que comenzaba a ser fumadora pasiva, pero ante los cuestionarios, en su visita al médico, en la típica pregunta ¿Fuma usted?, un rotundo no, redondo y claro, salía de su boca ligera.

Los tenía de todos los tamaños y colores. Cada vez que iba al teatro, intentaba topar con espectáculos en horas tempranas, para después salir con sus amigos y conocidos a algún bar. Allí, aprovechaba y coleccionaba el cenicero que les dieran en cada uno de esos lugares.

-Matamos dos de un tiro, decía. Visita al teatro y cenicero nuevo.

Los había en formas de hojas, con líneas curveadas, otros cuadrados, de materiales diversos: madera, plástico (aunque algo derretidos), aluminio y cerámica. Odiaba cuando, aún viendo que sus amigos y conocidos fumaban, no les colocaban un cenicero en la mesa. El tiempo pasaba, casi las 10:00 p.m. y a veces el cenicero no llegaba… 10:10 y nada aún. Más de una vez estuvo a punto de salir sin nada en sus manos. 10:15 p.m. y aparecía. Sus ojos brillaban como las brasas de los cigarrillos en la mesa. Ese era su cenicero. Y a las 10:15 p.m. corría despavorida, botando todo a su paso, hacia el taxi, con cenicero en mano. Entregaba zapatillas a las 10:20 p.m.

¡Ay Cenizienta, la de los ceniceros!... víctima de robo: dos horas menos.

La última de sus visitas al teatro fue el jueves pasado. Eran las 10:15 p.m. y el cenicero no aparecía… 10:17 p.m. y nada… 10:20 p.m. y apareció. Lo tomó, pero esta vez no corrió hacia el taxi. Ninguno la vio salir. Lo único distinto fue que en la mesa el cenicero era doble y un tanto distinto a los demás: dos pies huecos, talla 38.


jueves, 30 de junio de 2011

El sombrero de nubes


Quería estar allá arriba... ¿Por qué no?
Comenzó a comerse las ramas del árbol de su patio; así, le nacería un tronco dentro tan, pero tan alto que tendría las nubes de sombrero.