jueves, 20 de agosto de 2009

El sepelio



Cuando la enterraron, sentimos, y hablo por los otros porque creo que fue así, sentimos un nudo que quería estallar cada vez que clavaban esa caja hueca.

Caras y gentes. Algunas desconocidas, otras devastadas por el verdadero dolor, muchas hambrientas que sólo esperaban el té y los bocadillos que se reparten al final. Lágrimas, muchas lágrimas. Tantas que podríamos llenar un pozo y abrirlo al público venga, visite el pozo de los lamentos. Maravillosas aguas curativas que le sanan todo padecimiento. Algo así pudimos haber pensado, los tiempos suelen ser difíciles.

No pediste vestidos o maquillaje. Siempre te detalló esa simpleza. Inclusive, en casa, usabas un par de sandalias blancas con decorado chistoso: unas conchitas formaban algo como una flor, pero siempre pensamos que era la cara de un payaso... y estallábamos en risas... qué graciosos tus zapatos...
Ahora no se ríen. Quedaron bajo la cama.

Alguien suspira junto a mi oído y me siento agobiado. Entre tanto lamento suele faltar el aire y los pechos parece se ahogan con cada respiración. Me levanto, camino hacia la puerta. Noto que muchos miran mi cara y conversan. Vamos, digan las cosas de frente señoras, señores, distinguidos miembros de esta falsedad. Nadie supo quién eras en realidad. Y aún así vienen a llorarte, a deshacerse en elogios. Creo que sólo quieren el té y los bocadillos.

No pediste más que tres velas en el altar, dos coronas de margaritas y un jarrón lleno de agua al final de la puerta. Me pregunto para qué el agua ahora que lo observo a mi lado.

Algunos comienzan a marcharse y me despido de ellos sin ganas, sin más que movimientos de protocolo, un abrazo poco sincero y un agradecimiento seco, entre dientes. Uno a uno van partiendo sin palabras, con deseos y lágrimas falsas. Los bocadillos y el té se acabaron, apenas y pude alcanzar a probarlos.
Cada vez quedan menos. Me voy acerando de nuevo al espacio que ocupas, en silencio. Las velas se han ido consumiendo. Ahora pienso que te ayudaron a sentir menos la oscuridad de esa caja vacía. Estoy solo con tu caja, dos coronas de margaritas y un jarrón de agua. Y es aquí donde comprendo. Para que las flores crezcan es solo cuestión de regarlas, me dijiste hace tiempo.
Entiendo que sólo tú y yo sentimos esto que pasa: no hay bocadillos, sollozos, protocolo o miradas de ellos. Solo tú y yo sentimos esto. Tú en tu caja vacía, yo regando margaritas que no verás crecer porque te has muerto.

4 comentarios:

aroint dijo...

Me alegra poder leer por fin un nuevo relato tuyo Lya... tus artes narrativas no tienen nada que envidiarle a tu pluma poética.

Es una historia triste, más aún en el verdadero fondo, más allá de un simple entierro...

Como dos personas que están juntas, pueden estar tan distanciadas, una encerrada en su rígido sepulcro, sin ver mas alla de la tapa del ataud de su mente y la otra regando pacientemente las flores del amor.

No puedo decir más... tan solo dejarte mi cariño en forma de beso.

Miguel Quintero dijo...

"Tú en tu caja vacía, yo regando margaritas que no verás crecer porque te has muerto."

Ayyy Ale....éste me dolió...auch!! siento que se constipó cada fibra de mi ajado corazòn. Lo siento, pero no puedo evitarlo...debo agachar mi cabeza y secar mis ojos. No!! no es tu culpa!!! Es sólo que el relato es demasiado para mí.

Alejandra Valverde Alfaro - Lya dijo...

Aroint: muchas gracias por pasar por mis relatos y me anima muchisimo lo que dices.

Aunque distantes, comparten ese código particular, que cada uno comprende desde su circunstancia.

Besos para ti y muchisimo abrazos

Alejandra Valverde Alfaro - Lya dijo...

...
un abrazo, Migue (sin l al final)